EL LIBERALISMO: UNA OPCION POLÍTICA
En estos tiempos, la política española se halla aferrada a la confrontación decimonónica desfasada, entre derechas e izquierdas. La izquierda se obsesiona con borrar del mapa político a la que ellos denominan con desdén y con los calificativos más ancestrales, derecha, y la derecha tampoco trata mucho mejor a la izquierda. Cuando parece que el bipartidismo es mas salvaje que nunca, aparece de nuevo, el liberalismo.
El liberalismo reaparece, no con el afán de conquistar los votos que le permitan auparse al poder, sino con su fondo suarista y con la filosofía de los regeneracionistas, para ser una opción que despierte la modorra que atenaza la conciencia de los españoles, para que sean capaces de tomar consciencia de que en una democracia, el poder reside en los ciudadanos.
Todos y nadie más que los ciudadanos, son los responsables de dirigir su propio destino, lo que está en contraposición al artículo del credo socialista, de raíces marxistas que “declara la cabeza del proletario como la única apta para la verdadera ciencia y la debida moral”. Es decir,que se es proletario decimonónico (sic), o no se es apto para nada. Es más, somos sus enemigos, traduciendo la clásica sentencia (“Qui non est mecum contra me est”) “Quien no está conmigo está contra mí” de la práctica doctrina guerrista.
Es curioso que el liberalismo surge en la Revolución Francesa, que proclama la absoluta independencia del Estado, en su organización y funciones, de todas las religiones positivas. Esta concepción política aparece en España en las Cortes de Cádiz, adoptada por los adversarios disconformes con el absolutismo político imperante.
En su concepción pura y simple, el liberalismo considera, entre otras cosas, el derecho como un producto de la voluntad humana, en cuanto supone que la razón individual es absolutamente libre.
En el aspecto político supone la implantación legal de la libertad de pensamiento, de conciencia, de prensa, de asociación, de trabajo, etc. En el aspecto económico, que es en el que se ha usado y abusado de él, y de ello estamos viviendo las consecuencias, propugna el libre cambio y la iniciativa individual en la producción.
Dar rienda suelta a la obsesión de la productividad, del negocio, del dinero insaciable, dejando los poderes públicos, los gobiernos, las manos absolutamente libres a esa producción, riqueza o capitalismo totalitario, es lo que nos ha traído a una penosa situación en la que parece que ese mundo se tambalea.
La libertad sin control degenera en libertinaje. La cuestión no es entrar en discusiones metafísicas acerca de la concepción keynesiana de la economía, sino tener claro que el liberalismo desaforado, debe tener un control por parte de los poderes públicos, que deben participar en el capital de esas iniciativas empresariales, máxime si se trata de sectores estratégicos o fundamentales de la producción.
Tampoco es de recibo que cada feudo promueva su propio INI (Instituto Nacional de Industria) con empresas de medio pelo asignadas, pues ya conocemos los modus operandi de estas empresas mantenidas con fondos públicos y por supuesto deficitarias.
Se impone un despertar de las aletargadas conciencias de los ciudadanos, que sometidas al soporífero sueño de los engaños y resentimientos históricos de un poder político, que vive y se conserva con sus patrañas. Se impone la regeneración política de una clase acomodada a la sombra de la Administración, empezando por los propios responsables políticos, más acomodados aún, ajenos a los valores fundamentales de la vida, entre los que cabría incluir con preferencia, que el mayor orgullo y mérito que un ciudadano puede tener, es el de servir a su patria con solvencia y honestidad.
Liberalismo, que algo tiene en común con liberalidad, no es más que una concepción política, que en este caso está preocupada por sacudir la modorra que anida en las mentes y en los corazones de todos nosotros, despertando la ilusión de aquellos venturosos inicios democráticos para deportivamente exclamar :¨Juntos podemos”.